Acto V
Prisión
(Final del capítulo)
Monólogo de Egmont

Egmont (Solo). - ¡Hombre cruel! No creías hacerme este beneficio por medio de tu hijo. Gracias a él estoy libre de preocupaciones y dolores, de temor y de todo sentimiento congojoso. Con dulzura e insistencia reclama la naturaleza su último débito. ¡Ya está hecho! ¡Está resuelto! Y lo que la noche pasada, con su incertidumbre, me tuvo en vela en mi yacija, adormece ahora mis sentidos su indomable evidencia. (Tiéndese en el lecho. Música.)¡Dulce sueño! Lo que te gusta es llegar como una pura dicha, sin ser rogado, sin ser suplicado. Tú deshaces los nudos del severo pensamiento, entremezclas todos los cuadros de alegría y de dolor; la esfera de internas armonías mana sin obstáculos y envueltos en gratos delirios, nos amodorramos y cesamos de existir.

(Se adormece; la música acompaña su sopor. Por detrás de su lecho parece abrirse el muro y se muestra una aparición resplandeciente. La Libertad, con celestes vestiduras, rodeada de resplandores, descansa sobre una nube. Tiene los rasgos de CLARITA y se inclina hacia el dormido héroe. Expresa un sentimiento de piedad, parece compadecerle. Pronto se domina y con gesto reanimador, muéstrale el haz de flechas, después el cetro con el gorro. Indícale que esté alegre, y al significarle que su muerte dará la libertad a las provincias, reconócelo como vencedor y le tiende una corona de laurel. Al acercar la corona a la cabeza de EGMONT, hace éste un movimiento, como alguien que se agita en sueños, de modo que su rostro queda vuelto hacia la aparición. Mantiene ésta la corona suspendida sobre la frente de EGMONT; óyese muy a lo lejos una música marcial de pífanos y tambores; desvanécese la figura con los suaves sones de la música. El rumor se hace más fuerte. EGMONT se despierta; la prisión es débilmente iluminada por el resplandor de la mañana. El primer movimiento del héroe es llevarse las manos a la frente; se levanta y mira en torno a sí, teniendo siempre la mano en las sienes.)

¡Ha desaparecido la corona! Hermosa imagen, la luz del día te ha ahuyentado. Sí; ambas estaban reunidas: las dos más dulces alegrías de mi corazón. La divina libertad había tomado a préstamo la figura de mi amada; la encantadora muchacha se había vestido con las celestes vestiduras de la diosa. En el primer momento aparecieron unidas, más graves que amorosas. Se presentó ante mí con sandalias manchadas de sangre, manchados de sangre los flotantes pliegues del borde de su túnica. Era mi sangre y muchas otras sangres nobles. No; no será derramada en vano. ¡Sigue adelante! ¡Bravo pueblo, te guía la diosa de la victoria! Y lo mismo que el mar rompe vuestros diques, romped, destrozad los muros de la tiranía y arrastradla, envuelta en vuestras olas, lejos de la tierra que se apropió. (Tambores más cerca.)

¡Oíd! ¡Oíd! ¡Con qué frecuencia este estruendo me convocaba para marchar con libre paso hacia el campo de la lucha y la victoria! ¡Con qué ánimos emprendía con mis compañeros la carrera de peligros y gloria! También yo, desde esta prisión marcho hacia una muerte honrosa; muero por la libertad, por la que viví y combatí, y a la que ahora me sacrifico dolorosamente. (El fondo de la escena es ocupado por una fila de soldados españoles con alabardas.)

Sí; traed todas vuestras armas; estrechad vuestras filas; no me espantáis.

Estoy acostumbrado a alzarme ante las lanzas y contra las lanzas, y en todas partes, rodeado de amenazadora muerte, sentir con doble vértigo mi animosa vida. (Tambores.)

¡El enemigo te cerca por todas partes! ¡Amigos, levantad vuestro valor! ¡A vuestras espaldas tenéis a vuestros padres, esposas, hijos! (Señalando a la guardia) Y a éstos, no es su valentía, sino una vana palabra de su amo lo que los impulsa. ¡Defended vuestros bienes! Y para salvar lo que os es más querido, morid alegremente, tal como os doy ejemplo yo.
(Tambores. Cae el telón mientas avanza hacia la guardia y la puerta del fondo; recomienza la música y termina la obra con una sinfonía triunfal.)

ESTO ES UNA TRASCRIPCIÓN DEL FINAL DE LA OBRA DEL AUTOR ALEMAN GOETHE. Es un monólogo muy hermoso, lleno de esperanza y sin dudas un canto a la libertad. Por allá por la primavera del año 1986, en Santiago de Chile, se preento la Opertura de Egmont de Beethoven, en el cual debía proclamarse toda la obra en nuestro idioma, un funcionario de tercer orden evitó dicha proclamación, viajando de urgencia a Buenos Aires, a contratar un actor que lo hiciera en alemán, ¿por qué lo hizo así?

Pues es claro, asistieron a dicha función sus amos, la junta de gobierno que nos gobernaba de facto. Al conocer esto el escritor chileno Carlos Cerda, q.e.d. , publico una novela titulada: Sombras que caminan. El actor chileno, que no pudo proclamar dicha obra, es el señor José Soza.