La Alemania nazi supo utilizar las Olimpíadas realizadas en Berlín en 1936 para mostrar al mundo mundo que constituía una sociedad bien organizada, pacífica y tolerante, sólo tres años antes de desencadenarse la Segunda Guerra Mundial. Funk, aistente de Goebbels, declaraba: "Los Juegos Olímpicos son una ocasión de propaganda como jamás ha conocido equivalente en la historia del mundo".
Los juegos fueron preparados minuciosamente como verdadero operativo político. El 18 de julio de 1936 el inspector Best, jefe de la policía secreta, la siniestra Gestapo, emitió un comunicado secreto donde decía:" Los Juegos Olímpicos deben mostrar a los visitantes extranjeros el orden y la disciplina del Estado nacionalsocialista (...). A pesar de la tentativas de boicot a los JUegos Olímpicos por parte de los enemigos de Alemania nacionalsocialista, hay que esperar una afluencia importante de visitantes. Según información de que disponemos, hay que esperar en particular que los comunistas extranjeros, camuflados de inofensivos visitantes olímpicos, busquen perturbar las Olimpíadas. Para hacer fracasar eas manipulaciones, es necesario desplegar desde ahora medidas preventivas de seguridad y vigilancia por parte de la policía política. Sin embargo todas las medidas para proteger las Olimpíadas contra tales perturbaciones deben ser instrumentadas con la más grande prudencia y discreción. Así por ejemplo las razzias deben ser evitadas desde ahora, así como los grandes convoyes públicos de prisioneros antes y durante las Olimpíadas. Además, en ningún caso hay que despertar en los huéspedes extranjeros la impresión de una vigilancia policial, ni que esas medidas preventivas sean sentidas por losa extranjeros como molestas. La señalización detallada de extranjeros sospechosos debe ser asimismo comunicada al servicio de la policía secreta del Estado, en lo posible adjuntando señas personales y fotos. Del mismo modo deberán ser inmediatamente señalados los lugares actuales de residencia. Hace falta igualmente acordar una atención acrecentada a la actividad y al comportamiento de elementos hostiles al Estado que obran en el interior del país, aunque no haya apenas que temer de su parte grandes perturbaciones tales como manifestaciones, actos de sabotaje, proyectos de atentados. Las reseñas relativas a las intenciones, en particular a los actos de sabotaje, deben ser pronto trasmitidos a los serviciosde la policía secreta del Estado, con mención precisa de su proveniencia, si son seguros, y de lo que se haya previsto en tal o cual caso. Se tratará igualmente de provocar innumerables pequeños incidentes por medios de volantes, escritos provocativos y la propaganda oral a fin de alterar la impresión favorable que los huéspedes extranjeros se habrán de llevado de su viaje a Alemania".(Citado por Jacques Bozonnet, Sport et societé, París, Le Monde , 1996, pág. 57)
El clima de paz y armonía reinantes en la Alemania nazi que se llevaron los turistas olímpicos fue pues una escenografía hábilmente montada como sólo saben hacer los regímenes totalitarios. La ceguera de las sociedades democráticas dejándose manipular por los nazis convertía a los Juegos Olímpicos en un preludio del Pacto de Munich, celebrado dos años después.
Más lamentable fue la actitud de los Comités Olímpicos de los países democráticos -Francia, Inglaterra, Estados Unidos-,ninguno de los cuales se opuso a que la sede fuera la capital del Tercer Reich, ni a la participación de atletas y aun delegaciones enteras que desfilaban haciendo el saludo nazi ante el sonriente Hitler, ni al desfile en la pista de las juventudes Hitlerianas, ni al notorio racismo. Hitler abandonó el palco para no saludar a los atletas negros Johnson y Albritton, vencedores en la última prueba de la jornada inaugural y también se negó a saludar al atleta negro Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro.
El Olympic Zeitung, periódico de las Olimpíadas publicado en alemán en su edición del 19 de agosto de 1936, sostenía: "¿Es preciso decir que el gran triunfador de los Juegos Olimpícos de 1936 ha sido en realidad Adolf Hitler?". El diario inglés The Economist escribía, por su parte:"El éxito de los Juegos con su carácter de festival racial ario se ha nisto empañado por el espectáculo de tantos negros triunfadores en la prueba cruzando la l+inea de la meta adornada con banderas con la cruz gamada". (Citado por Hart, David, Hitler´s Olympics, London, Hodder and Stoughton, 1986. Mandel, R.D.,The Nazi Olympics, Chicago, University of Illinois Press, 1987.)
Los dirigentes de la CIO no ocultaban su simpatía por el nazismo. En Estados Unidos una petición de 5000.000 firmas y un mitín en el Madison Square Garden contra la participación en los Juegos de Berlín fueron contestados por el Comité Olimpíco norteamericano con un panfleto titulado:" Rojos y comunistas". Los sectores democráticos y antifacistas que propiciaban el boicot fueron desplazados por el magnate Avery Brundage, presidente de la filial norteamericana y después del Comité Olímpico Internacional, que había logrado derrotar a los sectores democráticos opuestos a la participación y proclamaba:"Los judíos deben comprender que no pueden usar los Juegos Olímpicos para boicotear a los nazis". En tanto Frederick Rubien, secretario del Comité Olímpico norteamericano iba más allá y declaraba el 23 de octubre de 1935: "Los alemanes no están discriminando a los judíos en las pruebas de selección. Los judíos son eliminados porque no son bastante buenos. Porque no existe una docena de judíos en el mundo que pertenezcan a la clase olímpica". Ese mismo año Hitler había prohibido a los judíos toda actividad deportiva privada o pública, sin que el Comité Olímpico Internacional lo denunciara. Tampoco lo hizo cuando el presidente del Comité Olímpico alemán, el director Theodor Lewald, fue sacado de su cargo al descubrirse que tenía una abuela judía.
El presidente del COI, el conde Baillet de la Tour, denunció que el intento de boicotear las Olimpíadas de Berlín tenía"intenciones políticas" y se basaba "en afirmaciones gratuitas, cuya falsedad me ha sido fácil desenmascarar". El barón de Coubertin, por su parte, no se quedó atrás; del mismo modo que Baillet de Tour, quedó encantado con la organización nazi y no vaciló en hacer pública su adhesión al hitlerismo, como queda documentado en el discurso de clausura de los Juegos de Berlín, donde alababa el "coraje que ha sido necesario para hacer frente a las dificultades a las cuales el Fuher había opuesto de antemano la palabra de orden y de voluntad "Wir wollen bauen" 8"queremos construir"), y para resistir a los ataques desleales y pérfidos con los que se intentó abatir la construcción que se levantaba". En ese mismo discurso, Coubertin señalaba la concordancia de las ideas racistas y belicistas del movimiento olímpico y del nazismo: "La calificación étnica figura ya de alguna manera en la carta de restablecimiento de las Olimpíadas; dice que cada país no puede ser representado sino por nacinales, nacionales de nacimiento y de nacimiento regularmente naturalizado; la residencia aun de por vida no es suficiente, hace falta que pueda ser reclamado por las banderas bajo cuyos pliegues se lucha." (Pierre de Courbertin , L´ideé olympique, discours et essais. Éditions Internationales Olympia, 1966. pág.134.)
Esta adhesión la reiteró en un reportaje del diario L´Equipe en 1937: "Hemos estado firmes en 1936 a pesar del clima de hostilidad provocado por mediocres partidarios del Frente Popular que se empeñaaban en politizar el asunto. Felizmente mi sucesor a la cabeza del Coi, el conde Baillet de la Tour, no vaciló en denunciar esa campaña de denigración y, después de haberse encontrado con el propio Hitler, proclamó claramente que carecía de fundamento (...). Los juegos han tenido lugar, su gran éxito refleja la fuerza y la disciplina hitleriana, y han servido magníficamente al ideal olímpico, según los términos de la carta que envié a Carl Diem, el organizador deportivo del Reich, para felicitarlo(...) Carl Diem y el III Reich han sido los únicos, me oye, los únicos en acoger mi doctrina con benevolencia, los únicos en proponer que se imprima mi "revista olímpica" en Alemania, en tanto que Francia no le echó la menor hojeada(...) A pesar de los excesos deplorables del sistema nazi, no oculto mi simpatía por la idea de base, la de un orden nuevo".(Carl Diem, L´ideé olympique dans la nouvelle Europe, Berlín, Biblioteque I.N.S.E.P., Litt. jaune, B, 65. Citado por Quel corps?, Paris, Maspero, 1978, pág.165.)
Los nazis por su parte consideraron al movimiento olímpico afín a su doctrina y a Coubertin como uno de los suyos. Carl Diem escribía:"El esfuerzo olímpico ha nacido en el mundo del espíritu guerrero y no puede por lo tanto permanecer extraño a una época en que los pueblos defienden sus derechos vitales con las armas en la mano(...) Coubertin, su renovador, tiene sangre de soldado en las venas. Aborrece del pacifísmo y de toda nebulosa utopía de paz"(Diem, ob. cit.) Courbertin murió demasiadoo pronto para ver las consecuencias del nazismo, pero el COI jamás hizo la autocrítica de Berlín 1936. La historia ha juzgado al facismo, pero el movimiento Olímpico y su creador siguen gozando de un prestigio sin mácula.